miércoles 23 de abril de 2014 | 02:57
Columnas

El regreso del ogro filantrópico

Ramiro Padilla @ramiroatondo lun 15 abr 2013 07:30

Hay algo implícitamente tercermundista en el deseo de contar con la figura del hombre fuerte como presidente. No significa otra cosa que la necesidad de sentirse arropado por el rector de un estado omnipresente, que como un padre benévolo o malévolo (dependiendo de la posición de simpatía o antipatía) vigila los actos de los ciudadanos como un Saturno listo a actuar.

Ejemplos hay varios. Lo sucedido en Venezuela es una muestra del culto al hombre fuerte. De este tipo de situaciones, que reflejan un escaso desarrollo social, se han formulado teorías que intentan explicar la aceptación de este hombre fuerte como rector de la vida de los habitantes de los territorios gobernados.

  Ejemplificando lo anteriormente expuesto, y dentro del marco de una sociedad totalmente diferente, un debate que terminaría  mal (pero que aportaría luz acerca de lo que se vivía hace un par de décadas)   fue aquel dentro del estado priísta donde invitaron a Mario Vargas Llosa a participar. Dijo que en México existía la dictadura perfecta. Para la historia queda la cara de un Octavio Paz enfurecido esperando que terminara el nobel peruano para corregirlo. Vargas Llosa diría:

“Yo quisiera comentar brevemente la brillante exposición de Octavio Paz. Él dice que la descripción que hice de la transición hacia formas abiertas de sociedad no encontraba el caso de México, y al describir el caso de México en cierta forma  tengo la impresión que ha exonerado a México (sic) de lo que ha sido la tradición dictatorial latinoamericana. Espero no parecer demasiado inelegante por decir lo que voy a decir.  Yo no creo que se pueda exonerar a México de esa tradición de dictaduras latinoamericanas. Creo que el caso de México, cuya democratización actual soy el primero en celebrar y aplaudir como todos los que creemos en la democracia, encaja dentro de esta tradición con un matiz que es más bien el de un agravante. Yo recuerdo haber pensado muchas veces sobre el caso mexicano con esta forma, México ¡es la dictadura perfecta!”

Después de estas elecciones pasadas este tipo de construcción política resurgió de sus cenizas. El mismo Vargas Llosa lo definiría como la construcción de una retórica de izquierda (tomemos en cuenta que este encuentro ocurrió a finales de los ochenta, antes de la llegada de los tecnócratas de la generación Salinas, hoy esta retórica es usada y abusada por el neoliberalismo  de manera descarada, o quien no se acuerda  lo de un  peligro para México). Por supuesto que quizá lo que más molestó a Paz, fuera el hecho de que Vargas Llosa dijera que para acompañar esta retórica se hubiese reclutado a los intelectuales, una casta que al parecer va desapareciendo en México. Hoy ese lugar intentan ocuparlo sin éxito los comunicadores, lo cual es un signo de degradación o trivialización.

En estos tiempos se sigue  pagando  a los intelectuales con  cargos para que se critique al sistema (hay quienes lo hacen con una beca del FONCA sin que piensen que hay un conflicto de interés). También se contratan comunicadores para que des-informen o ejerzan una agenda. La figura del intelectual orgánico (cuyo nombre puede ser contradictorio, un intelectual está en abierta contradicción con ser orgánico porque esa es su función, como el director de la orquesta que dirige de espaldas a la multitud) cobra relevancia  pues ahora el gigantismo del estado reparte un presupuesto en un país donde es un milagro vivir de lo que se escribe.

Vargas Llosa expresaría también que el gobierno de hecho pagaba y cooptaba a los mismos intelectuales para que lo criticaran, haciendo así el círculo perfecto.

El retorno del PRI no significa otra cosa que el regreso de una máquina electoral aceitada, o lo que llamaríamos la evolución de la dictadura perfecta a una alternancia perfecta. Los signos de esta alternancia perfecta pudieron ser vistos como la construcción de una retórica de la invencibilidad del candidato puntero con la anuencia del partido en el poder, que decidió sacrificar a su candidata en aras de mantener la impunidad después de las acciones fallidas de sus gobiernos.

Y el ahora presidente no llegó solo. El ogro filantrópico remasterizado regresó a cubrir una serie de necesidades propias del nuevo lenguaje neoliberal. Una casta cuasi sacerdotal que aprendió de su derrotas (si se les puede decir derrotas, estas parecen ser con el paso del tiempo solo una jugarreta para regresar triunfantes) que viene al rescate de la maltrecha sociedad mexicana.

Octavio Paz corregiría a Vargas Llosa diciendo que lo que en realidad sucedía en México era que existía un régimen de partido hegemónico de facto. Este partido hegemónico entendía que la necesaria renovación pasaba por la experiencia de la derrota, aunque esta derrota hiciera poca mella en su capacidad para mantener la mayoría en los gobiernos de los estados, lo que significaba que quizá no tuvieran el poder a nivel nacional pero no dejaban de ser mayoría a nivel estatal.

Los gobiernos de oposición con poca experiencia intentaron negociar con los viejos zorros, quienes decididos por agenda les dieron atole con el dedo, y ahora con su regreso retoman las iniciativas bloqueadas para hacerlas suyas.

Los primeros meses en el gobierno han sido una tentativa de regresar a los viejos buenos tiempos, en un país con condiciones muy diferentes. El ogro apuesta por la omnipresencia del estado aunque solo sea de manera parcial, y sus acciones van encaminadas a la satisfacción de las nuevas élites en el poder.

Se dice que los gobiernos neoliberales empezaron con Miguel De La Madrid, aunque sus acciones más radicales se dieran en el sexenio de Salinas de Gortari. Una nueva casta de millonarios surgió del afán privatizador. Esta nueva élite de hombres de negocios cercanos al gobierno acumuló tal poder que decidió imponer su agenda. Los resultados de las privatizaciones fueron cuantificables en el mediano plazo y justo después del gobierno de Zedillo. Fox decidió co-gobernar con los intereses fácticos con los resultados ya conocidos.

Si se habla de planes maquiavélicos, este plan privatizador le aseguraba a Salinas un control total del país hasta su regreso triunfal, como se ha dado después de tres sexenios de destierro,       (en el libro México en llamas  la periodista Anabel Hernández  pone en duda la capacidad de influir del mismo Salinas) aunque la mancha del crimen de Colosio en el imaginario colectivo se le cargara a él.

De nuevo, los politólogos y los estudiosos analizan el poder, y estos análisis sirven de muy poco. Latinoamérica es tierra de caudillos, que como tales son una herencia hispano-árabe (Octavio Paz dixit).

El estado en teoría debería ser fuerte dentro de una sociedad débil, aunque vivimos la peor de las situaciones. Un estado débil con una sociedad aún más débil fruto de las políticas equivocadas de los gobiernos de alternancia, que obligó a muchos ciudadanos a voltear al pasado.

Octavio Paz en el ogro filantrópico explicaría también el sentido patrimonialista de la élite gobernante. Esto tiene sentido si se entiende que desde la corona española el presupuesto se ha utilizado como si fuera de  su propiedad. Federico Campbell explicaría esta situación en   su libro la invención del poder; los robos al erario son justificables si se tiene un buen secretario de administración. Todo cae dentro de la normatividad.  Se pueden pagar cursos que no sirven para nada por millones de pesos con el fin de ayudar a un amigo. Se puede dar contratos sin licitación si se es amigo de alguien poderoso. Y  las nuevas campañas políticas son una muestra ostensible de ello. Se gastan recursos ilimitados con la intención de mantener el poder.

Si bien en muchos estados del país observamos a un estado fallido, un estado que ha fallado como garante de la justicia. O como lo diría acertadamente Porfirio Muñoz Ledo, quien no se cansaría de solicitar la desaparición de poderes, razón por la cual muchos lo tachamos de loco (me incluyo porque ahora reconozco que tenía la razón), con la vuelta al sistema Priísta, un alto porcentaje de votantes, que no de la población, esperan que el ogro rudo del barrio regrese a poner las cosas en orden. O bien utilice el sistema porfiriano de pan o palo como lo ha comprobado con la defenestrada líder de los maestros.

El espectáculo al que asistimos es el de la pax  priísta,  paz hecha de cohecho, corrupción, cooptación o violencia. La violencia también tiene su agenda. En tiempos violentos se pueden tomar medidas extraordinarias, como sacar el ejército a las calles.

Pero bueno. El ogro ha regresado. Ya se le metió en la cabeza la cruzada contra el hambre. Como a todos los gobiernos que dicen combatir la pobreza pero que les conviene mantenerla a esos niveles para seguir ofreciendo sus programas.

No podemos dejar de ser  escépticos. Después de todo, los políticos cambian de color como los camaleones. Y la mezquindad política sobrevivirá los tiempos. Al parecer ese es nuestro destino. Mientras no seamos un pueblo preparado. Por ello cobra más que nunca relevancia la obra de Octavio Paz. El ogro filantrópico no deja de tener actualidad. Después de todo los poderosos en este país no cambian.