martes 30 de septiembre de 2014 | 08:50
Columnas

Boston. El terror y la sospecha

Anel Guadalupe Montero Díaz @Anelin00 lun 15 abr 2013 19:39

Con el torpe manejo de la verdad, Bush consiguió que el miedo y la sospecha formen parte de la vida de los Norteamericanos. Obama debe lidiar con ambas tragedias...

Hoy, Boston ha tenido uno de los peores días de su historia. Dos explosiones se registraron hoy cerca de la línea de meta de la Maratón de la ciudad , dejando dos muertos y decenas de heridos[1]

No es de extrañar, que a unas horas de la tragedia, circulen en internet las más extrañas teorías de conspiración[2] que van desde un asunto doméstico a cargo de la extrema derecha fanática y radical, hasta un ajuste de cuentas de Al-Qaeda.

Y es que cuando este tipo de cosas suceden en Estados Unidos, en la demanda generalizada de justicia va implícita la sospecha de que la versión oficial pueda ser utilizada como pretexto para invadir alguna nación que, casualmente,  signifique alguna fuente de riqueza para nuestros vecinos del Norte.

Hace unos días, se inició en Nueva York una nueva búsqueda de restos de víctimas del atentado a las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001, ante las crecientes demandas de los familiares que pugnan por la creación de una comisión paralela a la oficial, que pueda decir con certeza lo que sucedió, aclarar algunas dudas y, finalmente, otorgarles un poco de paz después de la tragedia.[3]

Hace unos momentos, el presidente Barack Obama declaró: “No sabemos quién es el responsable (de la explosión) y no debemos adelantar conclusiones antes de saberlo (…) encontraremos porque hicieron esto, quienes lo hicieron. Los responsables pagaran lo que han hecho”

Sin embargo, uno de los efectos colaterales de la guerra de Irak, fueron las mentiras , simulaciones y crímenes dichos con aplomo al pueblo norteamericano por el entonces presidente George W, Bush, quien “negó la existencia de las cárceles secretas, de los vuelos secretos, de los interrogatorios secretos y del secreto destino final de los detenidos, ninguno de los cuales ha sido liberado hasta la fecha”[4], Finalmente, en 2006 no solamente confirmó lo que hasta ese momento n de la ciudad y  Maratde la l`íes se  dicieron que el pueblo norteamericano y el resto del mundo dejara de fiarse de había negado, sino que las excusas utilizadas para justificarse ante la opinión pública, eran tan trágicas, que rayaban en lo cómico: “pequeño número” de detenidos, “pocas” incursiones, “someras” cárceles secretas y un sinnúmero de dislates que, lamentablemente, hicieron que el pueblo norteamericano y el resto del mundo dejara de fiarse de la palabra del presidente de los Estados Unidos.

Esta tragedia, como muchas otras, no debió ocurrir. De las autoridades depende que los deudos encuentren paz, que el miedo no defina la vida del norteamericano de a pie y que la verdad, finalmente, los haga libres.

¿Usted qué opina, estimado lector?