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Columnas

Norcoreanos, mexicanos y el síndrome de Estocolmo

Anel Guadalupe Montero Díaz @Anelin00 lun 1 abr 2013 16:38

“¡Fiú! Qué bueno que los mexicanos estamos a salvo ¿verdad?” 

En 2011, a través de los medios de comunicación, las personas de todo el orbe pudieron observar no sin sorpresa, las lamentaciones del pueblo de Corea del Norte a la muerte del dictador Kim Jong Il. 

Analistas, expertos en geopolítica y periodistas, pensaban que era muy difícil que el hijo del dictador, Kim-Jong-Un, arribara al poder, debido a los abusos y desmanes realizados por el gobernante, de forma que su país era considerado el último bastión estalinista del siglo XXI. 

Sin embargo y pese a todos los pronósticos, las imágenes de desgarradoras escenas de llanto de un pueblo que padece hambrunas cíclicas, donde lo mejor de la escasa producción es destinado a los militares, que han convertido a este país en una potencia mundial que osa retar, inclusive, la hegemonía americana y repele eficientemente los intentos de invasión de parte del imperio del sol naciente, dieron la vuelta al mundo. 

Kim Jong Un, hijo del dictador fallecido, no solamente fue proclamado líder supremo del país entre loas, aplausos y regocijo de un pueblo que parece agradecer a los tiranos la condición de miseria permanente que padece, sino que su forma de gobernar tiene al mundo hoy, al borde de la tercera guerra mundial.[i] 

El término “síndrome de Estocolmo”[ii] fue acuñado por el criminólogo Nils Bejerot, para referirse a rehenes que se identifican con sus captores y llegan incluso a sentir simpatía por su causa e incluso a defenderla. 

Si Corea del Norte pretendiera dejar de ser “una próspera nación socialista” y se decidiera por adoptar un régimen democrático y por esta razón convocara hoy a elecciones para Presidente de la Nación ¿quién cree que ganaría? Evidentemente Kim Jong Un. 

El dictador tendría lo que algunos denominan “carro completo” a pesar de que durante el mandato de su estirpe, más de un millón de personas ha fallecido de inanición. 

Y si, eso nos escandaliza en Occidente. “Pobres”, se atreven a exclamar algunos al ver las escenas de llanto del pueblo norcoreano al extinto dictador, desde nuestro pedestal de cultura civilizada y democrática. 

“Es indignante el culto a la personalidad del pueblo Norcoreano” dicen algunos que justifican a las jovencitas que ofrecen su virginidad a cambio de un pase para el concierto de Justin Bieber o lloran todavía con singular desolación la muerte del rey del Pop, Michael Jackson o a la diva de la banda, Jenny Rivera[iii]. 

“Pobre pueblo ignorante”, afirman quienes están seguros que la decisión de encarcelar a la ex lideresa magisterial tiene que ver con elevar el nivel de la educación en México y niegan fervientemente que esta decisión sea un mero golpe político, cuyos verdaderos objetivos sean “reconfigurar el charrismo sindical en función de los intereses del nuevo PRI y colocar el sistema de enseñanza nacional al servicio de las grandes corporaciones domésticas e internacionales”[iv] 

“Pobres ilusos” señalan quienes sigues convencidos de que “el error de diciembre” y no los manejos de Carlos Salinas de Gortari, llevaron a México al borde del precipicio. 


Y es que de que los hay, los hay. Mire usted. 

  • Hay quien está convencido de que compartir el pan y la sal en un ágape social con Carlos Salinas de Gortari, es un honor. 

  • Hay quien aplaude a rabiar al ex gobernador del Estado de México, Arturo Montiel, convencido de que es un priista “todo terreno”, leal al partido y víctima sin embargo de las maquinaciones del impresentable (ese sí) Roberto Madrazo 

  • Hay quien asegura que el presidente Enrique Peña Nieto no sigue la misma estrategia de combate al narcotráfico que ha producido miles de muertos y un estado fracturado, al borde de la descomposición social, sin reconocer que el único cambio al respecto es el estruendoso silencio de los medios de comunicación oficiales y la simulación rampante que es capaz de firmar una ley de víctimas obsoleta, como burla final de la impunidad que representan. 

Por eso, hay quien sigue afirmando “pobres norcoreanos”, son víctimas del Síndrome de Estocolmo y desde esa perspectiva, sólo resta exclamar “¡Fiú! Qué bueno que los mexicanos estamos a salvo ¿verdad?” 

¿Usted qué opina, estimado lector?