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Columnas

De cómo la falta de lecturas, afecta la manera en que vemos el mundo

Ramiro Padilla @ramiroatondo jue 21 mar 2013 08:42

Siempre que me enfrento a una discusión sobre determinado tema, termino por llegar a un callejón sin salida. Primero, porque por lo regular las discusiones tienden a ser asimétricas, somos únicos y nuestra perspectiva del mundo pareciese que también lo es.

No tenemos las mismas experiencias ni (parafraseando la mexicana fatalidad) la vida nos ha tratado de la misma manera. Intento en lo posible sustentar lo que digo basado en mis lecturas pero por lo regular, soy el único que ha leído los libros sobre los que intento discutir. Vana presunción la mía. Primero, a los demás les importa un cacahuate lo que he leído o estoy leyendo, o segundo, están bastante felices pensando de la manera que piensan.

Las redes sociales están llenas de frases memorables que cumplen el fin de hacernos ver bien, ahora ¿Cuántos de los que publican frases glamorosas al estilo de “el que lee un libro encuentra un tesoro” o “por un país de libros” realmente lo hacen? Este snobismo literario tiende a ser absurdo cuando de cifras de lectura se trata.

Una de las razones fundamentales para leer sería la capacidad de opinar sobre un tema sin mirarse ridículo. Digo, al menos se podría tener una conversación medianamente productiva si nos informáramos acerca de algunos temas comunes con el interlocutor.

Siempre he criticado los libros de superación personal (los best-sellers en México) aunque en mi juventud los leyera con devoción. De uno de esos libros saqué información concluyente que me ayuda en caso de tener que asistir a un evento a donde asistirán personas expertas en un tema que desconozco. El libro decía que había que prepararse  leyendo temas afines a los de estas personas, pues causa una buena impresión. Me ha servido muchísimo, pero quizá lo que me ha ayudado más es la curiosidad sincera por conocer esos temas gracias a mi cultura libresca. El mundo se transforma cuando empezamos a reflexionar acerca de lo que hemos leído, así se trate de un tema literario o un manual de botánica. Aunque seamos de poca retentiva, lo poquito que se nos quede ayuda muchísimo.

Además los libros enseñan a dudar. No se puede aceptar como verdad absoluta aquello sobre lo que se tiene pasión, pues una vez que esta llega, la razón sale por la puerta trasera. Este efecto secundario de la lectura ayuda a poner las cosas en perspectiva. No se duda por pura cultura, se llega a dudar por terquedad. Cuando en una discusión acalorada se acaban los argumentos la mejor arma es la retirada. Es mejor apartarse e investigar sobre el tema. Quizá la idea propuesta no sea digerible a los presentes que como dije al principio tienen un cúmulo de experiencias diferentes a la mía. Aparte no ando haciendo campaña proselitista para conquistar los favores de un electorado.

El lado lúdico de los libros es que hacen del lector consumado un tipo irónico, con gran placer por el sarcasmo que es una forma de inteligencia. Por lo regular el no-lector tendrá opiniones fraccionadas o pobres sobre cualquier tema. El mundo es blanco y negro, López Obrador es un peligro para México y linduras por el estilo. Esa es una de las razones por las cuales el no leer libros afecta la manera en la que vemos el mundo.

Viene como anillo al dedo la historia de la joven escritora Chimamanda Ngozi Adichie, de Nigeria, quien advierte sobre el peligro de una sola historia desde una perspectiva lúdica (sus videos se pueden ver en youtube). Esta falta de lectura nos pone siempre en el camino de una sola historia. O estás conmigo o estás contra mí.

Nada más agradable que sentarse a platicar con una persona que lee. No solo porque su lenguaje es rico, lo es también porque por lo regular con el hábito de la lectura se pueden conocer lugares y personas al grado de describirlos a la perfección. Sobran los ejemplos, Piura, que es la primera imagen que me viene a la mente, fruto de mi lectura de La Casa verde de Vargas Llosa, la mangachería, los apristas, los inconquistables, la selvática y sobre todo la arena, la eterna arena del norte de Perú. O el Dublín de Joyce por citar a otro autor.

Terminar la lectura de un libro sensibiliza y no necesariamente tiene que ser de sumo provecho lo leído. Se lee por placer, por curiosidad o porque se tiene el vicio. Yo puedo leer en los camiones, en la línea de espera, en el banco, en cualquier lugar. Y luego, si lo que se ha leído es bueno, vienen las comparaciones, las asociaciones y el entendimiento de que lo leído proyecta de manera clara la vida real.

O cuando se lee un ensayo que al principio parecía estar escrito en griego, y poco a poco y con ayuda de un diccionario se convierte en una manera valiosa de ver la vida desde otra perspectiva. Recuerdo mi primera lectura del Laberinto de la soledad de Octavio Paz. Mentiría si dijera que no me costó trabajo, porque al final, la lectura se convierte en una gimnasia mental. Si solo leemos libros cómodos  será difícil que nuestra percepción del mundo cambie. En cambio un libro difícil se convierte en un reto a superar, como cuando le ponemos más peso a nuestras pesas. Conceptos como neotomismo o sincretismo sonaban a cosas lejanas y con un significado críptico.

Porque hay libros que te obligan a hacer cosas. Libros que hacen que tu perspectiva de la vida cambie de manera completa. Quizá el ejemplo más claro de un lector en la historia de la literatura sea el del caballero de la triste figura, Don Alonso Quijano, que a fuerza de leer novelas de caballería enloquece. Un ejemplo claro de locura literaria que ha acompañado a los demás lectores por los últimos cuatrocientos años.

En el otro extremo, no leer se convierte en un peso demasiado grande para aquellos que aspirar a crecer en cualquier aspecto de la vida. Un ejemplo que viene como anillo al dedo es el del nuevo presidente. Para nadie es un secreto que la lectura no es una  de su prioridades. Y esta falta de lecturas lo ha convertido en objeto de burlas desde antes de iniciar la campaña. Su percepción del mundo es empobrecida y no se ve que vaya a haber un cambio en ese sentido.

Una de las reglas de oro de la política debería ser el estudio a fondo de los problemas desde una perspectiva lectora.  Es ridículo                 que se cobren cifras estratosféricas de dinero sin tener una comprensión medianamente aceptable de un problema. El que a buen árbol se arrima buena sombra lo cobija. Se contratan supuestos especialistas en variados temas, pueden tener maestrías o doctorados, pero no sentido común.

Es muy difícil ser consciente de los problemas no solo del mundo,  siquiera del entorno que nos rodea, pues nuestra falta de capacidad lectora nos tiene mirando solo la superficie de la cosas.  No podremos descifrar su contenido más profundo cuando tenemos más distractores que nunca. Tenemos a nuestra disposición la super autopista de la información pero en un alto porcentaje solo la utilizamos  para entretenimento. Y si a esto le agregamos el poder corruptor de la televisión, por la cual hemos pasado de un país de no lectores a un país de no lectores con aparatos tecnológicos avanzados, ávidos de la última tecnología, pero apáticos en el sentido de utilizar estas mismas tecnologías para aprender de manera diaria.

El primer síntoma de una capacidad lectora sería  el ver a la televisión como un instrumento que se convierte en un obstáculo para el goce pleno de la vida. Reírse ante el cúmulo de mentiras que a diario se dicen sin ningún fundamento, y que el homo videns acepta sin ningún razonamiento de por medio. Aunque la posición del lector no sea fácil de ninguna manera. Nuestra sociedad mediatizada hace del conocimiento de la realidad un sufrimiento. El lector versado en esos  temas sufrirá mucho más pues conocerá esta realidad, y entenderá que esta enajenación es uno de los instrumentos de las élites en el poder para generar determinados comportamientos.

La lectura se convierte así en un íntimo acto de rebeldía. Se lee porque se        quiere escapar de la realidad, se quiere transformarla. Se opone la reflexión emanada de la lectura con la venta de esta “realidad” que tiene una agenda. No hay nada más  triste que tratar de razonar con personas de mente cuadrada. Como lo decía al principio, la mayoría de las personas viven felices pensando de la manera que piensan. La falta de lecturas no hace sino mantener esa zona de confort. Porque una vez que has visto la realidad a través de los ojos de un libro es extremadamente difícil volver atrás.

Esa al final de cuentas sería la mejor reflexión. Nadie puede manipular una masa de seres pensantes. Eso es lo que debemos construir por medio de la lectura.