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Columnas

El fin de la Teología de la Opulencia… ¿y México?

Alexia Barrios G. @alexiabarriosg jue 14 mar 2013 13:36

"Francisco, repara mi iglesia; ¿no ves que se hunde?" Diálogo en templo de San Damián

Para quienes estamos alejados de cuestiones religiosas pero nos interesa el impacto espiritual en político y social, la llegada de Jorge Bergoglio como jefe máximo de la Iglesia Católica representa una sorpresa y alienta muchas especulaciones, sobre todo, por las secuelas que pudiera tener entre los clérigos mexicanos, destacadamente entre los hasta ahora intocables teólogos de la opulencia.

Me refiero a quienes controlan la iglesia católica en México, a quienes han lucrado política y económicamente con ella, enriqueciéndose, coludiéndose con el poder, corrompiéndose con escándalos de sexo, negocios y crimen organizado. Son similares o peores a los magnates con dinero malhabido, a los capos que ostentan riquezas obtenidas a fuerza de sangre y veneno, a quienes gozan de privilegios públicos y vidas privadas oscuras.

 Lo que hasta ahora hemos recibido de información y leído sobre el nuevo Papa, Jorge Bergoglio, quien ha adoptado el nombre de Francisco, en honor a San Francisco de Asis, es todo lo contrario a lo que ha sido la vida, obra y desastre los llamados “Club de Roma” (Juan Sandoval, Norberto Rivera, Emilio Berlié, Onésimo Cepeda y Marcial Maciel) y “Club de Ginebra” (Justo Mullor, Adolfo Suárez), además de los representantes de los Legionarios de Cristo y el Opus Dei de la iglesia mexicana, quienes a lo largo de varias décadas han combatido a los prelados representantes de las teologías de la Liberación e India, y de manera particular a la Compañía de Jesús, a la cual pertenece el nuevo Papa.

Recientemente, un excelente reportaje de Jacinto Rodríguez Munguía para la revista Eme Equis, Maciel, el Delator,  dio cuenta de cómo el fundador y máximo exponente de Los Legionarios de Cristo, servía como infiltrado de los servicios secretos de la era más oscura de los servicios de seguridad en México, como lo refiere la siguiente cita:

“El sacerdote Marcial Maciel, director general de la Orden Legionarios de Cristo, manifestó que tiene una profunda preocupación porque ha observado que dentro de su Orden, los jóvenes están siendo seducidos por la Orden del Sagrado Corazón de Jesús (Jesuitas), los que han hecho desertar de sus legionarios a numeroso grupo…

“…Considera que los elementos que más fácilmente son inducidos a un adoctrinamiento son los jóvenes mexicanos, entre los que predominan grupos de Chihuahua y Monterrey; éstos son enviados a la ciudad de Roma, en donde los jesuitas poseen un colegio al que denominan ‘Mundo Mejor’, en el cual son sujetos a un sistema de ‘mentalización’, que no es otra cosa que adoctrinarlos en el comunismo, maoísmo y técnicas de subversión…”.

Y más recientemente, en 2002, el ex obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda, mantuvo una fuerte disidencia con los sacerdotes jesuitas de Santa Clara, quienes desobedecieron a su diócesis. Una demanda millonaria y la amenaza de cárcel hicieron que dicho prelado renunciara al cargo papal.

Ni qué decir de los desmanes y locuras del ex obispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez y la forma en que lucró políticamente con el asesinato del cardenal Juan José Posadas Ocampo, al grado que se convirtió en jefe espiritual del grupo Zapopan, hoy mejor conocido como “Yunque”.  Dicho cardenal nunca cesó en crear guerritas santas contra las otras iglesias, y fue un férreo opositor a las decisiones de Estado en materia de salud pública, nuevas formas de convivencia familiar, educación pública, entre otras decisiones trascendentales.

El caso del levantamiento zapatista y la persecución clerical y política del “Club de Roma” contra los sacerdotes, obispos y teólogos, empezando por el extinto Samuel Ruiz, el ex abad de la Basílica, Guillermo Schulenberg, es un capítulo que podría revivir para que quede saldado.

Vienen cambios, no ajustes de cuentas. Esperemos que todo sea para bien de la iglesia y sus fieles, que son muchos.

Realmente, la llegada del Papa Francisco, en términos de la fe cristiana no tendrían ningún cambio: creencia en la santa trinidad, en Jesuscristo como hijo de Dios, en la familia como ente integrado por dos personas de distinto sexo, el respeto a la vida desde su concepción, el respeto a todos los santos, entre otros más. Esos no sufrirán ningún cambio. 

Sin embargo, quizá esperemos algo similar a lo que ocurrió con los papados de Juan XXIII y Pablo VI,  quienes tuvieron aires renovadores apoyados por los jesuitas, como en su momento ocurrió con el concilio Vaticano II, donde la Iglesia católica volvió a mirar a los pobres, a sus orígenes, al sermón de la montaña, al fin de la teología de la opulencia, esa que practican los jerarcas de la iglesia en México.

alexiabarriossendero@gmail.com