miércoles 23 de julio de 2014 | 12:36

La política en tacones. Vivir y morir

Pilar Ramírez @pramirezmorales mié 13 de febrero de 2013

No han sido pocas las mujeres destacadas, pioneras en la ciencia y en el arte, intelectuales o las primeras defensoras de los derechos femeninos que tuvieron vidas atormentadas, muertes trágicas o que dieron fin ellas mismas a su vida, en no pocos casos asediadas por un entorno poco comprensivo o claramente hostil con mujeres atípicas que condujo a desequilibrios personales.

                Hoy se recuerda el heroísmo de Rosa Parks que con su negativa a ceder a un blanco el asiento del autobús en que viajaba fue pieza detonante del movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos. Sin embargo, su encarcelamiento y el asedio posterior por las protestas que produjo fueron momentos sumamente difíciles, incluso hubo quienes intentaron minimizar la importancia de su acción señalando que no era más que una costurera cansada y que por tal razón se negó a dejar el asiento a pesar de violar la ley.

                Antonieta Rivas Mercado se quitó la vida en 1931. Queda, sin embargo, su legado como escritora, promotora cultural y mujer interesada en la política, cuando tal actividad resultaba sumamente limitada a las mujeres. Rivas Mercado apoyó activamente la campaña política de José Vasconcelos.

                Las sufragistas inglesas y estadounidenses no sólo reclamaban el voto para las mujeres, en esencia proclamaban los derechos políticos y de ciudadanas en igualdad con los hombres. Esas mujeres, muchas de las cuales marchaban con sus hijos en brazos, sufrían el rechazo cotidiano de una sociedad que no comprendía a mujeres metidas en política y mucho menos a quienes exigían trato igualitario con los hombres. Resultaba una conducta impropia y totalmente contraria a lo “femenino”.

                Artistas y escritoras que destacaron no sólo por su desempeño artístico sino porque éste entrañaba una actitud ante la vida contraria a los cánones de conducta femeninos tuvieron vidas atormentadas que terminaron en suicidio como ocurrió con Virginia Woolf, Frida Khalo, Sylvia Plath o Violeta Parra.

Están también las activistas sociales que han tenido que vivir verdaderos viacrucis, como la hoy muy reconocida defensora de los derechos indígenas Rigoberta Menchú. La Premio Nobel no sólo padeció la violencia junto con su familia sino siendo ya famosa fue discriminada sólo por su apariencia.

María Elena Moyano, luchadora social peruana y dirigente vecinal feminista fue asesinada en 1992 por un comando terrorista de Sendero Luminoso.

En la actualidad, activistas como Marisela Morales mueren asesinadas porque su persistencia en el reclamo de justicia, cuando logra alcanzar notoriedad pública, se vuelve un riesgo para los delincuentes, aunque también hay que decir que la firmeza de sus convicciones es una pesadilla para las autoridades. El final trágico de su vida tomada por una mano cobarde obliga a mirar con otros ojos su causa. Lo mismo ha sucedido con los asesinatos de Susana Chávez y Bety Cariño.

                El de Lydia Cacho es otro caso en el que la tortura y el sufrimiento que le infligieron sus enemigos se convierten en el gatillo que dispara la indignación pública. Sin duda, su trabajo periodístico adquirió mayor relevancia a raíz del episodio de violencia que vivió. Si Carmen Aristegui tenía ya muchos seguidores en radio, con toda seguridad ganó más después de la censura de que fue objeto cuando los micrófonos de MVS se le cerraron en una acción donde la sospecha de la intervención presidencial no pudo ser evitada.

                Sólo se han mencionado algunos casos destacados en la historia o muy sonados en nuestros tiempos, pero en este mismo momentos hay mujeres que en forma anónima padecen las consecuencias de haber abrazado causas en las que defienden su derecho a la libertad de expresión, de organización política o del derecho a decidir sobre su cuerpo.

Resulta lamentable que sea una cuota de dolor la que acorte el trecho para transitar al reconocimiento social y la legitimidad de la defensa de los derechos de las mujeres, eso cuando los casos se hacen públicos. Es preciso hacer una revisión minuciosa de los casos pendientes en la justicia mexicana para poderla llamar así pertinentemente: justicia, para saber que ha llegado una nueva etapa en el reconocimiento a los derechos humanos de las mujeres. Se necesita para ello voluntad política debidamente acompañada de los programas y la legislación que elimine ese cobro indebido a las mujeres por exigir sus derechos.

ramirez.pilar@gmail.com