domingo 20 de abril de 2014 | 10:57

El Petróleo, Cárdenas y en qué consiste la divinidad de lo no divino

Héctor Palacio @NietzscheAristo dom 3 de febrero de 2013

La relectura de “El petróleo en la mira”, de Arnaldo Córdova (La Jornada, 25-03-12), me ha llevado a retomar los Apuntes de Lázaro Cárdenas (UNAM, 1986), sobre todo, porque hay quienes, argumentando a favor de la privatización del recurso, pretenden establecer que entre los mexicanos el petróleo es una cuestión prácticamente religiosa o que su defensa tiene que ver más con lo divino que con la realidad.

Puede ser que algunos lo vivan de esta manera. Sobre todo, hay interesados en promoverlo así, desde la interpretación de los mitos y dogmas que se construyen en las distintas sociedades (un comentarista como José Fonseca ha ironizado en Televisa diciendo que con la inversión privada –o privatización-, no se estaría vendiendo la basílica de Guadalupe; estupideces por el estilo muy ad hoc a la estrategia oficial). Pero nada más alejado de la realidad económica de los decenios posteriores a la nacionalización petrolera en 1938.

Quienes argumentan a favor del plan privatizador de Enrique Peña, plantean, además, una dicotomía falsa: o se realiza o el país se estanca. Y luego enumeran los elogios internacionales en la perspectiva de la privatización. Lo cual es natural, si quien aplaude es un potencial beneficiario de semejante acción.

Señala Córdova que Cárdenas no tuvo tiempo para demostrar, desde su gobierno, el significado de querer hacer de la industria petrolera una “palanca del desarrollo nacional”. Claro, la nacionalización fue efectuada en el último tramo de su presidencia, en el cual, como ha descrito Torres Bodet en  sus Memorias, más bien se dedicaría a defender el acto ante los tribunales internacionales y contra las empresas afectadas por el mismo. Tal es el caso de las demandas de embargo de El Águila en Europa en 1938-39, cuando los tribunales debían establecer si el producto incautado en los distintos puertos era un bien de México o ¡“producto de un robo”! (Jaime Torres Bodet, Equinoccio, Editorial Porrúa, 1981).

La defensa del petróleo como patrimonio nacional, ¿es una cuestión de religiosidad? Pronto se ve que no. Córdova dice que si bien no tuvo tiempo para desarrollar su gran proyecto sobre la riqueza petrolera en beneficio de los mexicanos, Cárdenas dejó como herencia una serie de apuntes al respecto: “utilizar los recursos que produjera para impulsar el crecimiento de la infraestructura del país, de la industria, del campo, de todas las actividades económicas y del intercambio de lo que todos producían, en pequeña o en gran escala. Eso fue lo que quedó inscrito en la Carta Magna.”.

Y aunque Córdova es escéptico en relación al desarrollo de la industria y sus beneficios, aun marginalmente, ese fue el provecho que permitió Pemex durante varios decenios: Infraestructura nacional, educación gratuita, salud, impulso a la producción del campo, fueron evidencias terrenales e inmediatas en la vida de los mexicanos. Es decir, un resultado palpable que “coincidió” con los tres mejores decenios de desarrollo económico del siglo XX mexicano, de los 40 a principios de los 70. Y con todo los lastres y amenazas, estos beneficios continúan registrándose aunque mellados y en menor medida; no por la decadencia de Pemex como potencial, sino por la voracidad de sus administradores.

El lastre y la amenaza a la industria y a sus beneficios han venido siempre de quien otorga a los promotores de la privatización argumentos para su causa: el gobierno. El PRI y el PAN se han encargado de saquear Pemex. El diagnóstico de Córdova es categórico:

“En la historia real, todos los gobiernos, priístas y panistas, no han hecho más que desperdiciar, despilfarrar y pervertir aquel proyecto histórico. Pemex sólo ha servido para cubrir presupuestos siempre insuficientes por una malísima política de recaudación de impuestos, para endeudar irresponsablemente al Estado y a la nación, y para enriquecer sin medida a políticos y empresarios ladrones y a líderes sindicales corruptos. Eso no ha variado desde la época de Cárdenas, como no sea en el sentido de empeorar cada vez más las cosas.”.

El artificio de los apologistas de la privatización (que estratégicamente llaman ahora “inversión privada sin privatizar” o “modernización necesaria” o “reformas estructurales urgentes e inaplazables”), plantea que como los gobiernos han sido corruptos a la hora de la utilización del dinero de Pemex, como la burocracia chupa la riqueza, ¿quién mejor que el sector privado como controlador y propietario? Esta argucia presupone que en el sector privado lo que “priva” es la honestidad, la no corrupción. En el caso mexicano, la experiencia dicta lo contrario. Empezando por los registros de que las grandes empresas prácticamente no pagan impuestos y cuando lo hacen, utilizan tretas técnicas para su devolución.

El potencial de ambos, el petróleo mexicano y Pemex, cual lo planteara Cárdenas, continúa intacto. Sobre todo, si su explotación y administración no es objeto de la corrupción de quien hoy pretende privatizarlo.

Si los promotores oficiales quisieran efectivamente un bien para la nación, tendrían que desarrollar las siguientes medidas:

1. Que el PRI y el ejecutivo actual detengan el saqueo de Pemex. Que se combata a fondo y verdaderamente la corrupción en torno al petróleo y a Pemex.

2. Que se construyan las cinco refinerías que se necesitan; al menos tres.

3. Que se distribuya adecuadamente el ingreso por concepto petrolero, sobre todo, para reactivar la actividad agrícola; un país sin producción no vale nada. Japón es un excepcional ejemplo de productividad (y sin poseer petróleo). Así se desafía posibles estancamientos; así se combatiría las argucias del “atraso del país”.

4. Que parte de los recursos se destinen a estimular el estudio y el empleo en sectores diversos.

5. Que se proceda al fin, de la mera explotación y agotamiento del recurso, a su procesamiento. ¿Quién dice que lo mejor sea competir como productor-vendedor número uno de la materia prima y no como procesador e industrializador de la misma?

El artículo de Córdova fue publicado como un análisis a las posturas de los entonces tres candidatos a la presidencia del país con pretexto de la celebración del aniversario de la nacionalización. Iguala las propuestas de Vázquez y Peña: “sus planteamientos son idénticos: ambos postulan asociarse en contratos riesgo, llamados también de producción compartida, y ambos sugieren que se eche mano de las asociaciones público privadas… para asociarse con el capital privado en busca de nueva tecnología y capital”.

Y envía un mensaje para quienes ponen el ajado ejemplo de Brasil:

“La derecha siempre nos ha querido aleccionar con el ejemplo de Petrobras, una compañía exitosa a más no poder en todos los renglones: tecnológico, productivo, comercial. La comparación no puede ser más odiosa pues, luego de la política privatizadora de Cardoso, sus gobiernos de izquierda se han aplicado a fortalecer sus finanzas y su política independiente; aparte, Lula creó una nueva empresa dedicada a explorar y explotar los nuevos yacimientos petroleros sin ninguna participación de privados. La que permite Petrobras, por cierto, está bien regulada y sujeta a un riguroso seguimiento.”.

En Pemex  existen contratos de prestación de servicios de compañías privadas (que debieran revisarse con transparencia pues la corrupción los permea). Pero de allí a hacerlas partícipes de lo que se llama renta petrolera, es decir, permitir que se queden con gran parte de la materia prima, es otro asunto. He allí el problema, el quid de la problemática.

Se busca hoy encontrar por todos lados justificantes para la privatización abierta o enmascarada. El problema mayor continúa siendo uno solo: Corrupción. Aunque un problema moral, la corrupción lo es sobre todo de números, bien lejos de lo divino. En todo caso, para los panegíricos de la privatización, los “buscadores de oro”, los corruptos tanto privados como públicos, de manera independiente o asociados, lo divino consiste en el enriquecimiento ilícito. Para ellos, “¡sería divino!” obtener ganancias a costa de un bien nacional poco divino, el petróleo (se equivoca López Velarde en éxtasis modernista, no hay dios ni diablo).

Si la corrupción no se ha combatido desde dentro, si no es propósito fundamental del gobierno actual su erradicación, ¿cómo pretenden que las cosas cambien por el solo hecho de privatizar?

Al ver la degeneración de su partido, que hoy ostenta nuevamente el poder, el propio Lázaro Cárdenas registró en sus Apuntes: “Tuvo la Revolución hombres que no resistieron la tentación de la riqueza, claudicaron de sus principios, perdieron la vergüenza y se volvieron cínicos.” (1941). Más adelante ofrece un mensaje optimista: “Las causas nobles se imponen siempre sobre la inmoralidad de los hombres. Las lacras humanas obstaculizan, pero no detienen ni menos matan el espíritu que anima a los pueblos en su afán de elevarse.” (1943).