martes 16 de septiembre de 2014 | 02:25

Por canalladas como la del IFE, mandan al diablo a las instituciones

H. E. Cavazos Arózqueta @HECavazosA mar 29 de enero de 2013

Concluida la jornada electoral de julio del año pasado, aguardé a que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación emitiera, o se abstuviera de emitir, la declaratoria de validez de la elección y la declaración de Presidente Electo, para calificar u opinar sobre los comicios federales. Me negaba a precipitarme con juicios vacuos y sin sustentos. En descalificar al vuelo y con las vísceras. Estaba dolido, sí. De verdad esperaba que AMLO ganara; mas a partir del 2 de julio esa esperanza se desvanecía crónica e inexorablemente.

Luego se consumieron tanto la derrota definitiva de las izquierdas, como el triunfo inapelable de la coalición conformada por el Revolucionario Institucional y el Verde Ecologista. El TEPJF declaró válida la presidencial, así como a Enrique Peña Nieto presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos. Y con ello se extinguía el sueño de millones, y se encendían la indignación y cólera de otros tantos que se negaban a reconocer la victoria priísta. Así comenzaba un nuevo conflicto poselectoral pero se repetía una vieja historia.

Predecibles y faltos de imaginación o creatividad, los lopezobradoristas acudieron a la marchita y oxidada estrategia de 2006: se negaron a reconocer a EPN como presidente; tacharon la elección de fraudulenta; y acusaron al PRI de haber comprado la Presidencia. Ninguna novedad. Nada genuino, al contrario: la ruta que tomaron AMLO y los suyos estaba minada, y lo sabían; no obstante, insistieron en transitarla. Con las únicas diferencias de que esta vez no hubo un plantón y el verbo dicho era comprar y no robar. De este modo, Andrés Manuel dilapidó gran parte del nuevo capital político adquirido mediante la modificación de discurso empleada durante la campaña, y emprendió su regreso a la marginación y al sótano de las encuestas.

Yo no vi fraude alguno. Constaté una extraordinaria campaña de López Obrador, en la cual se logró superar a sí mismo, al increíble AMLO de 2006, por un millón de votos. También vislumbré con pena un proceso electoral plagado de irregularidades, de múltiples y diversos delitos electorales. Todos los partidos los cometían. Ávidos de triunfo y de lucrar con las campañas políticas, personas que participaban en éstas, sin importar con qué candidato, buscaron la forma de sacar provecho, tanto de índole pecuniario como político. Muchos solamente veían por ellos, haciendo negocios y operando artimañas de todo tipo. Y dolió, duele saber que en un país con decenas de millones de pobres, durante las campañas se despilfarren cantidades grotescas de dinero.

Los partidos incurrieron en trampas donde contaban con maquinaria electoral. Todos fomentaron el clientelismo, compraron votos, coaccionaron el voto --¡hasta tomaban lista en los mítines para control de acarreados!--, rebasaron los topes de gasto de campaña, aceptaron más recursos particulares de los permitidos por la ley. Todos. Sin embargo, a causa de que ni el PRD ni el PAN ni los partidos menores cuentan con una máquina aplanadora de votos como la del PRI, como los tricolores ¡nadie! El PRI no se dio abasto. Gastaron, y gastaron bien. Que a nadie le sorprenda.

Sorprende ahora el Instituto Federal Electoral. Ahora resulta que solamente AMLO rebasó el tope de gastos de campaña establecido por la legislación electoral. Sobre todo porque el tabasqueño viajó en aviones comerciales, en la capital contaba con menos publicidad que los candidatos a diversos escaños por parte del Distrito Federal. Y realizó menos de 6 mítines masivos durante sus actos. Su campaña fue austera, pero imaginativa, innovadora; además de que salió beneficiado por el movimiento estudiantil que se desarrolló en paralelo al proceso electoral. Pero, insisto, no la manejaron ni santos ni beatos. Por ahí lo seguían gentuza como Romo, Martín Esparza, Bartlett.

Qué lástima que justo cuando buena parte de la izquierda toma la decisión de conducirse conforme a Derecho y a las normas institucionales, viene una institución como el IFE a tirar a la basura tanta buena disposición política. Luego no se alarmen. Por canalladas como estas, muchos mandan al diablo a las instituciones. Iba bien el Instituto Electoral, acaba de volver a perder credibilidad, no sólo dañándose a sí mismo, sino a Peña Nieto también, pues con lo que resolvió sobre MONEX y ahora con la multa millonaria que desea imponerle a AMLO, le resta gran parte de la legitimación que aquél ya había ganado.

A crear conciencia.